Por algún motivo u otro, hace un
tiempo que entro en google búsquedas que antes no había ni pensado, historia,
geografía, política de un país que ahora pasa una situación muy difícil. Hace un
tiempo que una persona especial me muestra videos y escritos relacionados con
la situación actual de Venezuela. Me ha dejado ver cómo se siente al respeto,
agradezco su sinceridad y su apertura hacia mí.
Quiero compartir con cualquier
persona que entre en este blog el comentario que escribió una amiga en Facebook
hace unos días. No sé si por lo cercana que es esta persona a mí o por la enorme
sinceridad de sus palabras que nos acercan a sus sentimientos y a sus
preocupaciones este comentario me ha llegado más que los demás, os dejo
decidirlo a vosotros.
Elena Salim Haubold (Venezolana, Marzo 2014):
Pensar en Venezuela es ya una rutina a la que no
hay forma de escapar, ni siquiera por un rato. Es como pensar en mi mamá.
Siempre está presente. No importa si estoy de fin de semana en los Alpes
Bávaros donde se respira un aire de paz y tranquilidad, o si tengo que estudiar
para exámenes de la universidad, mis pensamientos siempre me llevan a las
brutales escenas de los militares del gobierno reprimiendo injustamente a los valientes protestantes.
El hecho de no estar ahí me hace sentir culpable e impotente. Hace dos semanas
un grupo de venezolanos nos reunimos en una de las plazas de Munich. Antes de
llegar, tuve la sorpresa de encontrarme a una amiga argentina muy entusiasmada
repartiendo volantes a los transeúntes que explicaban nuestra amarga realidad. Así
como ella, amigos alemanes, españoles, colombianos, griegos, mexicanos,
andorranos y muchas otras nacionalidades vinieron a mostrarnos su apoyo. Esa
muestra de cariño jamás se me olvidará. En total éramos como doscientas
personas y el ambiente era muy extraño para mí. Todos los venezolanos se veían
más o menos igual: trasnochados, con los ojos rojos y con la cabeza en otro
lugar. Tratando de ocultar su miseria con conversaciones superficiales. Seguro,
igual que yo, pasaron toda la noche en Facebook y Twitter viendo las
atrocidades que cometía la autoridad contra los indefensos protestantes. Sí, es
aterrador saber que nuestras familias y amigos están ahí, pero es
indescriptiblemente igual de doloroso e indignante ver a un extraño cayendo al
piso mientras luchaba por la libertad. Mientras cantábamos el himno se me
salían las lágrimas y me molestaba ver a gente riéndose. Sí, es extraño estar
tan lejos y a la vez sentir tan cerca cada humillación, patada o disparo en
contra de mi gente.
Mientras los que se quedaron viven ese infierno, yo estoy aquí disfrutando de
la frivolidad de los primeros días calientes de la primavera, paseando en
bicicleta por calles impecables y visitando lagos cristalinos o congelados que
contrastan con un fondo de montañas nevadas. Esto ya me ha pasado antes: No
importa el paraíso donde esté, siempre estoy soñando con estar en Venezuela,
así sea arriesgando mi vida para defenderla. Mientras tanto, tengo que
conformarme con la estupidez de explicarle a mi jefe que tengo que chequear Facebook
cada cinco minutos para estar al tanto de todos los acontecimientos. Me siento
extremadamente impotente y frustrada al ver las declaraciones de las madres que
tienen a sus hijos presos, al leer a mi hermanita contándome sobre su
experiencia en la marcha del día, al ver los videos de las calles de Altamira,
donde pasaba todos los días para ir al colegio, convertidas en una zona de
guerra. A veces no sé cómo continuar con mi vida normal, ir a clases y ver
fotos de tiburones en mi tiempo libre ya no me llena.
Es una tortura tener intervalos irregulares de
sensaciones tan diferentes. De rabia, dolor y resignación (a que nunca
saldremos de esta pesadilla), paso a ver los videos de los astutos gochos, de
los estudiantes devolviéndole las bombas lacrimógenas a los guardias o las
personas rescatando a jóvenes de la garras de los militares. Esos videos me
alegran todo el día. Y sí, tengo que admitir vergonzosamente que hasta la
porquería de videntes con sus profecías baratas me han emocionado. Entonces
vuelve ese profundo y agradable sentimiento de esperanza. A veces me parece una
realidad que ya cayó la tiranía y que por fin veo "la ley respetando la
virtud y honor" de los que luchan por un mejor país…
Todos me dicen que, aunque mañana caiga el dictador, faltarán muchos años para
que Venezuela se convierta en un país decente y apto para que yo, y todos los
que nos fuimos, podamos volver a construir nuestro futuro. Pero es que todo
tiene un comienzo. Si estás mal, pero sabes que el futuro depende de ti, trabajarás
más duro y te mantendrás motivado hasta lograr tus metas. No me importaría
volver a un país en ruinas pero con un futuro brillante y seguro. Está bien
empezar de cero pero sabiendo que el mañana será mejor. Pero si sabes que por
más que trabajes o estudies, como un hámster en su ruedita, no tendrás un
futuro digno y que no puedes cambiar esa realidad, supongo que la única
decisión sensata es abandonar el barco.
Me enorgullece y a la vez me aterra encontrar a mi papá en los videos de
protestas. Me alegra verlo luchando valientemente en contra de la tiranía pero
no quiero ser la hija de un mártir. Qué horrible toda esta situación. Casi
todos los momentos que vivo aquí están afectados por lo que está sucediendo
allá. Me siento culpable de encontrar en el mercado de la esquina todos los
productos que escasean allá. Me siento culpable de poder salir a la hora que
quiera a caminar en la noche sin miedo o hasta de tener la libertad de montarme
en un BMW sin el temor de que en el siguiente semáforo nos secuestrarán, como
ya me pasó en Caracas hace 8 años… Me siento insoportablemente culpable de
vivir bien mientras mi gente es masacrada por las espeluznantes consecuencias del
socialismo.
Estoy en mis últimas dos semanas de clases, tengo que escribir la tesis en un
mes y me acaban de dar el trabajo de mis sueños. Sin embargo, mi atención sigue
día y noche allá. Cada mensaje que me llega me acelera el corazón pensando que
me van a decir que se acabó la pesadilla o que robaron, golpearon o torturaron
una vez más a algún amigo o familiar. ¿Cómo se puede vivir así? Pues Churchill
dijo que “el éxito es la habilidad de ir de fracaso a fracaso sin perder el
entusiasmo” así que a limpiarse las lágrimas y a actuar con fuerza, resistencia
y constancia. Con metas claras, positivas y concretas. Que se puedan
visualizar. Yo quiero un país LIBRE: donde todos podamos elegir lo que queremos
hacer con nuestras vidas, donde haya una real libertad económica, separación de
poderes políticos, igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y sobre todo
RESPETO hacia el individuo, su propiedad y su trabajo.
Hoy mi misión es convertirme en una experta en mi área para poder volver mañana
por ti y trabajar duro por la conservación de tu exótica naturaleza. Ya vengo
Venezuela... no pienses que me olvidé de ti. Te llevo conmigo siempre.